Entre contenidos, pagos, reservas y plataformas de intermediación, los servicios digitales muestran una parte menos visible del comercio en línea: la que no siempre termina en una entrega física.
En 2024, México registró 28.8 millones de hogares con acceso a internet, equivalentes a 73.6% del total nacional, de acuerdo con la ENDUTIH del INEGI. Ese dato ayuda a leer un cambio que ya no cabe por completo en la idea clásica de comercio electrónico como compra, almacén y reparto. Una parte creciente de la actividad digital ocurre en servicios: pagos, contenidos, trámites, reservas, intermediación, educación, entretenimiento o gestión cotidiana desde una pantalla. En el Estudio de Venta Online 2025 de AMVO, el tráfico a sitios de comercio electrónico aparece dividido entre retail, servicios y viajes; los servicios concentran 42% de las visitas medidas a sitios de comercio electrónico, sin incluir tráfico en aplicaciones.
Servicios digitales en México: una categoría con bordes menos visibles
El comercio tradicional suele apoyarse en operaciones reconocibles: inventario, punto de venta, traslado, devolución y entrega. Los servicios digitales funcionan con otra lógica. No siempre hay un producto que cambia de manos. A veces se vende acceso, disponibilidad, tiempo, información, intermediación o procesamiento.
Esa diferencia modifica la forma de observar la actividad económica. Una suscripción, una reservación, un trámite pagado en línea o una comisión por conectar oferta y demanda no se comportan igual que la venta de una prenda, un electrodoméstico o un artículo de despensa. La transacción puede cerrarse en segundos, ejecutarse durante semanas o depender de una infraestructura que no se ve desde la pantalla: servidores, telecomunicaciones, pasarelas de pago, sistemas de identificación y atención remota.
La propia AMVO separa metodológicamente las ventas online retail B2C de otros universos. En su estudio 2025, las cifras de retail no incluyen servicios online, viajes, comercio transfronterizo, segunda mano ni B2B. Esa exclusión no resta importancia a los servicios; al contrario, muestra que forman una capa distinta dentro del ecosistema digital mexicano.
La infraestructura cotidiana detrás de los servicios en línea
Los servicios digitales no dependen únicamente de sitios web o aplicaciones. También descansan en hábitos de conexión ya incorporados a la vida diaria. En la ENDUTIH 2024, el celular inteligente aparece como el principal equipo para conectarse a internet: 97.2% de las personas usuarias de internet lo utilizó como dispositivo de conexión. La misma encuesta registró que 90.6% de la población usuaria de teléfono inteligente usó aplicaciones de mensajería instantánea y 78.0% accedió a contenidos de audio y video.
Ese entorno desplaza el centro de gravedad. El servicio digital no ocurre solo en una “tienda en línea”, sino en una secuencia de gestos cotidianos: consultar, comparar, reservar, pagar, recibir confirmación, descargar, acceder, cancelar o renovar. En ese circuito, el pago electrónico tiene un papel estructural. Banco de México define el SPEI como un sistema desarrollado y operado por el propio banco central que permite realizar pagos electrónicos en cuestión de segundos mediante banca por internet o banca móvil.
La ENDUTIH también registró incrementos entre 2023 y 2024 en el uso de internet para comprar productos y servicios, pagos vía internet y operaciones bancarias en línea. La economía de servicios digitales, por tanto, no se limita al consumo de entretenimiento; también se cruza con banca, administración del hogar, movilidad, formación, comunicación y gestión documental.
Servicios digitales, territorio y desigualdad de acceso
Aunque los servicios digitales parezcan desmaterializados, su adopción no es territorialmente neutra. El acceso depende de cobertura, calidad de conexión, dispositivos, medios de pago, habilidades digitales y condiciones de ingreso. La ENDUTIH 2024 muestra diferencias visibles entre entidades: Sonora, Quintana Roo y Baja California Sur registraron los mayores porcentajes de población usuaria de internet, mientras Oaxaca y Chiapas presentaron los menores niveles. En hogares con internet, Ciudad de México, Sonora y Nuevo León encabezaron los porcentajes; Guerrero, Oaxaca y Chiapas aparecieron en la parte baja.
La brecha también se observa en servicios específicos. En 2024, 38.1% de los hogares urbanos contó con algún servicio de streaming, frente a 8.4% de los hogares rurales, según INEGI. La diferencia no describe solo preferencias de consumo audiovisual. También refleja desigualdades de conectividad, formas de pago, disponibilidad de dispositivos y estabilidad del ingreso familiar.
Por eso, los servicios digitales no sustituyen de manera uniforme al comercio tradicional. En algunos territorios amplían la frecuencia de interacción económica en línea; en otros permanecen como acceso parcial, intermitente o concentrado en funciones básicas de comunicación. La categoría crece, pero no lo hace sobre un piso homogéneo.
Del producto entregado al acceso contratado
La expansión de servicios digitales cambia la manera en que se clasifican las actividades económicas en línea. Una operación puede mezclar venta, servicio, comisión, arrendamiento temporal, contenido digital, gestión de datos o intermediación. Esa mezcla vuelve insuficiente la lectura del comercio digital solo como catálogo de productos.
El marco fiscal también reconoce esa complejidad. El SAT identifica un régimen para personas físicas con ingresos por venta de bienes, prestación de servicios, hospedaje o alojamiento mediante plataformas tecnológicas. Esa clasificación muestra que la economía digital mexicana reúne actividades distintas bajo infraestructuras comunes: plataformas, aplicaciones, pagos electrónicos y registros fiscales.
En esa zona se juega parte del futuro del ecosistema digital mexicano. No por una promesa de sustitución total del comercio físico, sino por la aparición de actividades que no caben del todo en sus categorías tradicionales. Los servicios digitales tienen menos anaquel, menos mostrador y menos entrega visible, pero generan relaciones económicas medibles, obligaciones formales y nuevas dependencias de infraestructura. Su crecimiento obliga a mirar el comercio digital no solo por lo que se compra, sino por lo que se accede, se procesa y se administra en línea.